Los instantes en torno al nacimiento de Jesús tenían que ser momentos de oración intensa, de alta contemplación y adoración, y, como dirá más tarde Santa Teresa, maestra de oración, “pasa con tanta quietud y tan sin ruido todo lo que el Señor aprovecha aquí al alma y la enseña, que parece es como en la edificación del templo de Salomón, adonde no se había de oír ningún ruido (3Rey 8,7), así en este templo de Dios, en esta morad suya sólo él y el alma se gozan con grandísimo silencio” 7M 3,11). Para este momento de oración y adoración María y José necesitaban soledad y silencio que no podían tener en un sitio en el mesón. Para José y María fue una gracia singular encontrar aquella cueva bendita que pronto se convirtió en lugar de veneración universal de oración silenciosa y pacífica. El nacimiento del ...