Y estando allí, a María se
le cumplieron los días del parto y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió
en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en el
mesón (Lc 26-8).
¿No es Dios Padre
providente y amoroso quien todo lo guía y ordena sabia, suave y ordenadamente?
¿Cómo, entonces, no hace encontrar a José un lugar acomodado y digno según los
parámetros del pensar de los hombres para que nazca su Hijo? ¿Por qué ha
querido que José no encuentre más que una cueva con un pesebre donde María
reclinase a su Hijo recién nacido? Porque por tres veces (v. 6.12.16) repite
San Lucas que el Niño fue reclinado en el pesebre, lo que significa que se
trata de un hecho que se debe a la iniciativa divina. En este sentido la
cuna-pesebre no es un detalle banal sino altamente significativo, expresa el
escudo gentilicio del Masías recién nacido.
No se trata de un hecho
casual sino de una elección meditada y sufrida. Jesús, obediente a la voluntad
de su padre, renuncia a sus privilegios – siendo de condición divina y no
considerando un robo el ser semejante a Dios, se anonadó- y se alinea con los
últimos, con los que nacen en los tugurios. San Lucas, el evangelista de los
pobres, tiene cuidado en no presentarle como un Mesías rey que recibe el
homenaje y los obsequios de los grandes de la tierra (cfr. Mt 2,2), por el
contrario, aun siendo hijo de David, no quiere ni tiene casa ni habitación
propia ni una cama normal. Nace como el Mesías de los sintecho, de cuantos
viven al margen de la sociedad.
P. Román Llamas, ocd

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