San
José y la Virgen nos enseñan que en situaciones límite hay que confiar
plenamente en Dios y abandonados en sus brazos, usar la fe y la razón para
encontrar las soluciones pertinentes. Porque Dios no obra por caminos
extraordinarios sino por los caminos trillados, aunque sea para llevar a cabo
la obra más maravillosa de su amor. Dios pone en el camino el misterio, te
revela que se va a realizar el misterio, pero deja los modos y maneras de
llevarlo a cabo a la discreción, a la prudencia y sentido común, a la virtud
del interesado. Los caminos de Dios son tan distintos de nuestros caminos, como
sus pensamientos de nuestros pensamientos. San José y la Virgen lo habían leído
en el profeta Isaías (Is 55,8-9). Ellos los seres más santos, más admirables en
santidad y gracia, no son una excepción, son un ejemplo.
O quizás hay que interpretar las
palabras evangélicas desde otra perspectiva, desde la condición singular de
María y José. Dado que la hospitalidad es sagrada en Oriente, máxime con una
mujer que presenta los signos claros y avanzados del embarazo maternal, no es
creíble que no le hubiesen hecho un sitio en el mesón, y menos creíble es
todavía que parientes y familiares no le hubiesen acogido en su casa, y lo más
probable es que se la ofreciesen. Todo esto nos hace sospechar que el motivo
para que no tuviesen sitio en el mesón fue otro. Las palabras del evangelio
porque no había sitio para ellos en el mesón tienen un sentido enfático, un
sentido interior. Se refiere a razones de sensibilidad y pureza exquisita de
María y José, motivos de intimidad privativa y religiosa, mística y sacral.
María y José saben que el nacimiento del hijo va a ser virginal, según las palabras
del ángel y desean evitar la presencia de otras mujeres en el parto de María.
El parto debe realizarse en secreto, en intimidad y silencio.
P.
Román Llamas, ocd

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