Lucas traslada al nacimiento de Jesús
en una cueva y reclinado en un pesebre lo que el mismo Jesús vivirá de una
manera consciente y responsable más tarde en su vida pública, donde el Hijo del
hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
Al nacer en una cueva con un pesebre, porque no había sitio para ellos, para los tres, en un lugar acomodado, significa que el Hijo de Dios viene en son de paz. Nada de imposición y avasallamiento, ni siquiera exigiendo un lugar decoroso y digno según los juicios de los hombres. Pero el comportamiento de Dios es totalmente, diametralmente opuesto al de los hombres. Nace donde le dejan los hombres. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron, no le dieron casa y acogida. Nace pobre, humilde, impotente menesteroso e incapaz de nada. En todo depende de los cuidados de su madre y de su padre. No se vale de sí mismo para nada. Su madre tiene que fajarle y reclinarle en el pesebre. Y por estos caminos nos trae la salvación, porque la suya no es una salvación material sino una salvación humano espiritual, interior, de los corazones y a los corazones se les salva por el camino del amor, que es camino de humildad, de hacerse en todo semejante al que viene a salvar.
Pasó por esta humillación y desdén.
Podía haber venido en son de triunfo, glorioso y avasallador. Así lo pintó
algún profeta. Así le esperaban los hombres. Es la conciencia que se había
formado en el pueblo. Cuando llegue el Mesías nadie sabrá de donde viene (Jn
7,27) y vendrá glorioso y Salvador, triunfador de sus enemigos. Pero optó por
esta actitud de humillación y pobreza porque se sometió en todo a la voluntad y
a los designios de salvación de su Padre y en los planes de Dios estaba que el
Mesías tenía que nacer en pobreza y humildad y el Verbo de Dios no hace más que
acoger estos planes: al entrar en este mundo dijo: Sacrificio y oblaciones no
quisiste, pero me has formado un cuerpo: …
He aquí que vengo…para hacer, oh, Dios, tu voluntad (Heb 10,5.7)
P.
Román Llamas, ocd

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