Los instantes en torno al nacimiento de Jesús tenían que ser momentos de oración intensa, de alta contemplación y adoración, y, como dirá más tarde Santa Teresa, maestra de oración, “pasa con tanta quietud y tan sin ruido todo lo que el Señor aprovecha aquí al alma y la enseña, que parece es como en la edificación del templo de Salomón, adonde no se había de oír ningún ruido (3Rey 8,7), así en este templo de Dios, en esta morad suya sólo él y el alma se gozan con grandísimo silencio” 7M 3,11).
Para este momento de oración y
adoración María y José necesitaban soledad y silencio que no podían tener en un
sitio en el mesón. Para José y María fue una gracia singular encontrar aquella
cueva bendita que pronto se convirtió en lugar de veneración universal de
oración silenciosa y pacífica.
El nacimiento del Hijo de Dios es el
nacimiento del Verbo de Dios, de la Palabra de Dios que sólo puede ser
escuchada en silencio. “Una Palabra habló el Padre que fue su Hijo, y esta
habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser oída”, escribe San
Juan de la Cruz (D 104). ¿Cómo podrían oírla en todas sus resonancias María y
José sin el silencio y paz que les proporcionó la cueva?
P.
Román Llamas, ocd

Comentarios
Publicar un comentario