Lo que sigue no es una exposición exegética sobre las palabras de Lucas
sino sencillamente una meditación navideña y sobre el hecho que encierran y que
en la pluma del evangelista no son más que la sencilla constatación de un hecho
sin sobreentendido más o menos dramático.
San Lucas escribe estas
palabras para justificar por qué Jesús nació en una cueva con un pesebre. Por
qué no encontraron un sitio en el katalyma, término genérico que puede
significar o un lugar donde podía uno detenerse, soltar las caballerías y pasar
una o varias noches, o una casa de acogida de las sinagogas o la posada para las
caravanas, el kahn. San Lucas se expresa de una manera general y vaga: por qué
no había sitio para ellos en un lugar más o menos acomodado, Jesús nació en una
cueva y fue reclinado en un pesebre.
El relato donde leemos
estas palabras es bien conocido. El Emperador ha dado un edicto que tiene que
empadronarse todo el mundo, cada uno en su lugar de origen, según la norma
judía. José, de la casa y de la familia de David, tomó a María. su mujer, y se
puso en camino de cuatro jornadas desde Nazaret a Belén, de donde era oriundo,
venía de la casa de David. Allí tenía sus bienes raíces y posesiones y en Belén
tenía que empadronarse, y para empadronar al hijo que esperaba de su esposa,
María.
Llegados a Belén, nos
pintan a José llamando de puerta en puerta, no recibiendo sino negativas, algo
incomprensible dada la proverbial hospitalidad de los orientales. Nada de esto
nos dice el evangelio. Solamente anota que no había sitio para ellos en el
katalyma, en el mesón. Y por eso José busca y encuentra una cueva de las que
había en los alrededores de Belén, horadadas en la peña para guarecerse del
frío y del sol, y en las que se podía recoger los animales, que por eso hay un
pesebre en el que se les echaba la comida.
Esta gruta San José la
limpió y adecentó y como era carpintero la preparó haciéndola habitable pues
habían de permanecer en ella por algún tiempo, al menos hasta que naciese el
Niño y después hasta la purificación de la madre, cuarenta días después del
nacimiento de Jesús (Lc 2,22). Es, seguramente, según una tradición y
documentación que arranca del año 100 con San Justino, natural de Palestina, la
gruta que se venera bajo la basílica de la Natividad del Señor en
Belén, doce metros de larga por tres y medio de ancha y en la que el sacerdote,
cuando celebra la Eucaristía hoy, no puede alzar mucho el cáliz para no chocar
con el techo.
P. Román Llamas, ocd

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