Almas
altamente contemplativas, María y José –y el nacimiento del Hijo de Dios es
momento de altísima contemplación- necesitan estar a solas y en silencio,
porque el alma contemplativa” ha de ser amiga de la soledad y el silencio,
que no sufre compañía de otra criatura; ha de poner el pico al aire del
Espíritu Santo” (D 125). ¿Cómo pudieran estarlo en medio del bullicio del
mesón?
De esta manera lo que a los ojos y a
los juicios de los hombres resultaba una humillación y un desdoro se convierte,
al cumplirse los designios de Dios, en un timbre de gloria y en un honor, que
no son las cosas las que hacen grandes a las personas sino las persona las que
engrandecen y dan calidad a las cosas. ¿Qué cosa más abyecta, más infame que la
cruz? Y Jesús la ha convertido en el mayor timbre de gloria –no me glorío sino
en Cristo crucificado- en el mejor tesoro. Quien posee la cruz, posee un
tesoro, escribe San Andrés de Creta.
Conclusión. María y José nos enseñan
que para preparar un lugar para nazca Jesús no es necesario buscar palacios ni
casas nobles, que basta una cueva abandonada, eso sí bien adecentada y
preparada. No se necesitan corazones engreídos y soberbios, altivos y
orgullosos, déspotas y prepotentes, ricos y acaudalados, sino pobres pesebres,
humildes, sencillos y limpios.
Y que para beber y disfrutar de todas
las riquezas y deleites del misterio de amor y salvación que se encierran en
Jesús, necesitamos encerrarnos en una cueva a solas con él, en silencio
escuchador, en soledad e intimidad con él.
P. Román
Llamas, ocd

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