El silencio de san José es un silencio
eminentemente contemplativo, es una subidísima contemplación, nos dice el Papa
San Juan Pablo II, es decir, un silencio en el que Dios le enseña dice san Juan
de la Cruz, “la ciencia sabrosa que es la
ciencia secreta de Dios muy sabrosa, porque es ciencia por amor, el cual es el
maestro de ella y el que todo lo hace sabroso” (CE 27,5). Le enseña la
ciencia del amor, la única que quería santa Teresita. En el contacto y trato
silencioso y diario con Jesús y María. Dios Padre le está enseñando esta
ciencia. La abundancia de amor que el Espíritu Santo derrama en el
corazón de san José no es fácil comprenderlo. Abismos de amor se van
desarrollando en él. Por eso, su vida es sabrosísima en cada momento, aún en
medio de los trabajos y sufrimientos que tuvo que pasar en su vida que no
fueron pocos y livianos, sino bien duros, porque los vive con abismos de
callado amor que hay en su corazón, que el amor es el que lo hace todo sabroso.
Crece su alegría y su esperanza a medida que avanza la enfermedad. Juan de la Cruz demuestra una esperanza y una alegría y una paz que admiran a todos, frailes y seglares. Hasta el Prior cambia de actitud para con él. La víspera de la Inmaculada se agravó y el médico dice que hay que advertirle que puede morir en cualquier momento. El P. Alonso de la Madre de Dios se lo notifica. ¿Qué me muero? dice, y, juntando las manos ante el pecho, exclama con rostro alegre: Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi. In domum Domini ibimus. Ese día la Virgen le revela que morirá en sábado, como sucedió. Pasado un rato, comenzamos los que estábamos allí a andar de prisa y como turbados, hojeando el breviario o manual para hacer la recomendación del ánima. Lo cual, visto por él, nos dijo con grande sosiego y paz: Déjenlo por amor de Dios y quiétense. Cuando van a rezarle la recomendación del alma, él agonizante, que espera tranquilo la muerte como una continuación de su vida de amor, pide ...

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