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GRANDEZA DE SAN JOSÉ A LA LUZ DE SAN JUAN DE LA CRUZ (15)


Que bien le cuadran a san José las palabras de san Juan de la Cruz, Él sabe que tiene una superioridad especial en esta gracia por encima de todos los santos, como la tiene la Virgen María y esta lo canta en el Magníficat, porque el Poderoso ha hecho en mi grandes cosas, maravillas, y aunque el alma no sabe si este su amor y gustoso deleite de todas las cosas y tratos es deleite de amor de Dios (CE 27,8) o instintivamente lo vive con toda la entrega de su corazón en cada acto. Por eso lo único que hace en todo es amar. Amor en la educación y enseñanza de Jesús, amor en las relaciones con él y con María. Amor en todo. Sabe que lo único que da valor a nuestros actos delante de Dios es el amor. Que sin amor las más grandes maravillas no son nada delante de Dios y que con amor los actos más corrientes y normales se convierten en maravillas delante de Dios, tanto más cuanto más calificado es el amor. Son las pequeñeces de que habla Santa Teresita, en las que lo único que le daba a Jesús era amor, como en todas las demás realidades de su vida. Al fin de su vida ella dirá: “No he dado a Dios más que amor”.  


Podemos aplicar a san José lo que san Juan de la Cruz dice de las almas que han llegado al estado de matrimonio espiritual, y con mucha más razón que a ellas: el alma que ha llegado a estado de desposorio espiritual no sabe otra cosa sino amar y andar siempre en deleites de amor con el Esposo. Porque, como en esto ha llegado a la perfección, cuya forma y ser, como dice san Pablo  (Col 3,14) es el amor, pues cuanto el alma más ama tanto es más perfecta en aquello que ama, de aquí es que esta alma que ya está perfecta, todo es amor, y todas sus potencias y caudal de su alma emplea en amar, dando todas sus cosas, como el sabio mercader (MT 13,46) por este tesoro de amor, que halló escondido en Dios, el cual es de tanto precio delante de él, que como el alma ve que su Amado nada precia ni de nada se sirve fuera del amor, de aquí es que, deseando ella servirle perfectamente, todo lo emplea en amor puro de Dios (CE 27,8).


P. Román Llamas, ocd

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