El matrimonio de María y José lo preparó el Señor desde la eternidad para la Encarnación de su Hijo en este mundo, en el que marido y mujer tenían que estar arreados de gracias y privilegios singulares y muy semejantes. Como dice san Francisco de Sales, que san José, aunque no igual a María fue el más semejante a Ella, el que más se le acercó en perfección y santidad. Dice él que María y José son como dos purísimos espejos. Puestos uno frente al otro y que los rayos de santidad que Jesús enviaba a María, María con perfecta reverberación los comunicaba a José, de tal modo que la virtud de María y José parecían iguales y las mismas. ¡José era el esposo de María! El Espíritu Santo no solo predestinó a José para esposo de María, sino que lo hizo, lo plasmó, derramando en su corazón todos los tesoros de gracia y de virtud que le hicieran digno esposo de María. El Espíritu Santo hizo a san José limpidísimo en virginidad, profundísimo en humildad, altísimo en contemplación, diligentísimo por la salvación de todos, a semejanza de su Esposa para que fuera su Esposo, semejante a la Virgen María, una ayuda semejante a Ella. ¡Almas semejantísimas!
San Bernardino de Siena dice que “cree que la bienaventurada Virgen María derramó generosamente en san José todo el tesoro de su corazón que este podía recibir”. El corazón de María es un océano inmenso, lleno de la plenitud del mismo Dios que se derrama sin cesar en el corazón de su Esposo.
El P. Jerónimo Gracián en su Josefina, después de reflexionar que María es la mujer que más ha amado
y ha dado a su marido José, concluye: “Por tanto creo, como dice Ubertino, que
la Virgen comunicó a José todo cuanto tenía de tesoro en su corazón, según la
capacidad de José”. (L I, c. 4, n. 1, p. 38. Edición Apostolado de la Prensa,
1944)
P. Román llamas, ocd
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