Después de su Hijo Jesús, a quien más amó la Virgen
María fue
a san José, su esposo. Y como el amor se demuestra con obras, qué abundancia de
gracias y bendiciones no alcanzaría para él, ella que todo lo podía de su Hijo.
Sobre san José cayó tal cúmulo de gracias, privilegios y carismas, cuales no se
concedieron a ningún ángel del cielo y a ninguna criatura de la tierra. El amor
nunca dice basta ¿quién puede medir la generosidad de Maria para con su esposo?
Es
parecer de santo Tomás y san Francisco de Sales que al contraer matrimonio
María con José, María estaba ya divinamente advertida de que no corría peligro
su virginidad, porque san José había hecho voto de virginidad, y así
encontraría en él escudo y defensa. ¡Cuánto agradecería la Virgen María esta
revelación a Dios y a san José!
Y
los desvelos de san José durante tantos años empleados en servicio de ella y
del hijo de ambos –tu padre y yo- en su realidad de padre y el oficio de
carpintero, ganando el pan de cada día, la defensa de la vida de su hijo
huyendo a Egipto, y los cuidados y servicio pequeños de cada día arrancaban
modos de agradecimiento del corazón lleno de amor de María, que se dejaba
sobornar por los más mínimos detalles. ¿En que trabajos y sufrimientos se vio
María que no recibiese de su esposo san José ayuda y consolación? Lo mismo
hacía María en agradecimiento a su esposo. ¡Qué intercambio de gracias y
favores espirituales entre estos dos esposos, únicos entre todos los desposados!
San José tuvo la mejor de las esposas, la más santa, la más perfecta, la más hermosa,
la más humana, la más divina, la más virtuosa, que realmente fue su maravillosa
corona: La mujer virtuosa es la corona de su marido (Prov 12,4). Y la Virgen
María tuvo el mejor de los esposos, que excede a todos los santos en gracia,
poder y santidad. Si la mayor glorificación que se puede hacer de María es
decir que ¡De ella nació Jesús el salvador!, la mejor y más gloriosa
glorificación de san José es afirmar ¡José es el Esposo de María!
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Santo
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