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GRANDES DEVOTOS DE SAN JOSÉ: LA VIRGEN MARÍA

 

         San José a lo largo de la historia de la Iglesia ha tenido y tiene grandes devotos –en la Revista de El Mensajero de san José durante varios años hemos recordado una cada mes- pero entre todos hay un devoto especial que es la Virgen María, su esposa.

         Para explicarlo y comprenderlo hay que elevarse al Decreto eterno de Dios de salvar a los hombres pecadores por medio de su Hijo Jesucristo, encarnado y nacido de la Virgen María, el Decreto de la Encarnación, Vida y Muerte del Hijo del eterno Padre. En él están incluidos la Virgen María, como madre de Jesús y san José como padre por su matrimonio con la Virgen María. Y “en la predestinación eterna no solo está comprendido lo que se ha de realizar en el tiempo, sino también el modo y el orden de la ejecución” (Sto Tomás, III Parte, q.24, a. 4). Ahora bien, si en el Decreto divino de la Encarnación del Verbo de Dios está comprendida la Virgen María, por ser Madre de este, tiene que estar también san José por ser esposo de María, ya que la Virgen María es virgen y esposa, desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. El nombre de la Virgen era María (Lc 1,26-27).

         Y san José, como dice el Papa León XIII en su encíclica Quamquam pluries: “Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y san José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad –al que de por sí va unida la comunión de bienes- se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no solo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella” (n. 3)        

San Juan Pablo II, en el centenario de la Encíclica de León XIII traduce sus palabras en su Carta Apostólica Redemptoris Custos (RC 20)   

         Es decir, san José no solo es el elegido desde la eternidad por Dios, sino que es también hechura, obra del Padre y del Espíritu Santo y le dotaron de toda aquella grandeza inefable de María que cabe en un puro corazón humano, después del de la Virgen María, como amor, bondad, cariño, afabilidad, mansedumbre, dulzura, piedad, ternura y entrañabilidad, humildad, compasión y misericordia. Podemos aplicar a san José lo que san Juan de la Cruz dice de  las almas que han llegado ya a la unión o transformación de amor en Dios, “en que queda el alma como robada y embebida en amor y toda hecha en Dios, no la deja advertir a cosa alguna del mundo, porque no solo de todas las cosas, más aún de sí queda enajenada y aniquilada, como resumida y resuelta en amor, que consiste en pasar de sí al amado” y así está el alma en este puesto, en cierta manera, como Adán en la inocencia que no sabía qué era mal, porque está tan inocente que no entiende el mal ni cosa juzga a mal; y oirá cosas m muy malas y las verá con sus ojos y no podré entender que lo son, porque no tiene en sí  hábito de mal por donde lo juzgar, habiéndole Dios raído los hábitos imperfectos en que cae el mal del pecado con el hábito perfecto de la verdadera sabiduría” (CE 26,14) ,

         Hablando de cómo el alma amante no puede estar satisfecha si no siente que ama cuanto es amada, comenta que en la transformación perfecta de este estado matrimonial, a que en esta vida el alma llega, no solo la da Dios su amor “sino que allí le mostrará cómo le ha de amar ella con la perfección que pretende. Por cuanto él allí le da su amor, en el mismo le muestra a amarle como de él es amada. Porque demás de enseñar Dios allí a amar al alma pura y libremente sin interese, como él nos ama, la hace amar con la fuerza que él la ama, transformándola en su amor, como habemos dicho, en lo cual le da la mima fuerza con que puede amarle, que es como ponerle el instrumento en las manos y decirle cómo lo ha de hacer, haciéndolo juntamente con ella, lo cual es mostrarle a amar y darle la habilidad para ello” (CE 38,4).

Y de aquí arranca la devoción de la Virgen María para con su esposo san José. La Virgen no puede ignorar que la Trinidad santísima ha puesto en san José una participación de su inefable grandeza, que la Trinidad ha puesto en un grado inferior las gracias, bendiciones y privilegios de que ella goza, de todos menos el de ser librado del pecado original, porque en el Decreto. Munificentisimus Deus sobre la Concepción Inmaculada de María, el Beato Pío IX dice que de este privilegio solo gozó la Virgen María. Pero, si san José contrajo el pecado original, fue santificado en el seno de su madre inmediatamente, quedando limpio del pecado original y de todas sus consecuencias, entre las que hay que enumerar el fomes pecati, toda inclinación al pecado y al mal, arrancada de raíz de su corazón por Dios.

         Entre la Virgen y san José  hay una comunicación de amor fidelísimo con todos sus bienes, que le hace decir al poeta Diego de la Vega: “Quiere Dios dar compañía a su Madre –que no es bien que esté sola la que sola entre todas mereció ser  Madre de Dios -  y busca para eso más la santidad igual y más perfecta con la  suya, que fue la de José, cuya santidad a lo menos frisa tanto con Ella, que se puede decir que son para en uno María y José” (En MIGUEL HERRERO GARCÏA, Sermonario clásico, l942,p. 22)     

Voy a recorrer algunos aspectos y realidades participadas por san José de la grandeza inefable de su esposa María.


P. Román Llamas, ocd


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