Introducimos esta reflexión
con estas palabras de la Beata Isabel de la Trinidad: “La actitud observada
por María la Virgen durante los meses que transcurrieron entre la Anunciación y
la Navidad debe ser el ideal de las almas interiores, de esos seres que Dios ha
elegido para vivir dentro de sí, en el fondo del abismo sin fondo” (El C: T:
p. 117)
“María, figura perfecta de la Iglesia en el orden de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la unión perfecta con Cristo” (LG 62). Nosotros somos esa Iglesia que medita piadosamente sobre María, en su Adviento para adentrarnos más íntimamente en el misterio salvador que es Cristo Jesús, que es el nombre único debajo del sol en el que puede ser salvado el hombre. Por esa Humanidad sacratísima ha querido el Padre del cielo que nos vengan todos los bienes. ¿Quién mejor que María nos puede introducir a Jesús y en Jesús? ¿Quién mejor que ella que lo conoce y ama singularmente? ¿Quién mejor que ella nos puede enseñar a Jesús?
El adviento de María está esencialmente asociado a los caminos salvadores de Dios. Y en estos caminos lo primero que sorprende es que son misteriosos. Todo en ellos es misterio. El misterio insondable de la misericordia y del amor de Dios. ¿No es un misterio que Dios ame tanto al mundo, al hombre pecador e ingrato? ¿No resulta esto algo incomprensible a la lógica humana? A este misterio de amor se refiere San Pablo cuando exclama: “Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía, en el pecado para usar con todos de misericordia. ¡Oh abismo de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!” (Rom 1,32-33). En efecto, quién podrá sondear el designio de amor de Dios, de la misericordia de Dios… Por eso, es un pecado grande no creer en el amor y en la misericordia de Dios.
María creyó plenamente,
aceptó los planes permitiendo que desapareciesen sus propios proyectos. Los
hombres tenemos prisa por llevar adelante nuestros proyectos que a veces
chocan contra los de Dios. María creyó totalmente: Hágase en mí según tu
palabra, y creyó en el misterio insondable de amor y misericordia que en las
carnes de un niño impotente que llora y tirita de frío, que necesita de todos
los cuidados de sus padres que Dios la mostraba. Nos parece más bien una
locura. Así afirma San Pablo que lo pensaban los gentiles: escándalo para los
judíos, locura para los gentiles (1Cor,1). Sí, locura de amor. Hagámonos locos
por quien quiso que se lo llamasen por nosotros, que dice la Santa Madre Teresa.
María lo creyó antes que el niño naciese
de su vientre. María acepta el misterio del amor y de la misericordia infinita
de Dios y acepta plenamente que el Verbo de Dios se encarne en su seno, como
camino de amor.
P. Román Llamas, ocd

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