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SAN JOSÉ Y SANTA TERESA III



Muchos santos, pero uno singular, no sólo por ser el primero en la lista, sino por razón de sus vivencias espirituales especiales con él, por su amistad con él: este es San José. Como muchos amigos y confidentes, pero un especial: el P. Gracián. Para Santa Teresa San José es único y más que alistarlo con los otros santos él se mueve en la esfera de Jesús y María; con ellos forma categoría aparte.

Entre Santa Tersa y San José se establece una vida de relaciones amistosas que se hacen en ella cada día vivencias más fuertes, experiencia honda, intimísima y prolongada por muchos años. Por eso lo que nos enseña sobre San José es fruto de esta experiencia personal; no habla de lo que aprendió en los libros, que alguno debió leer sobre San José, ni de lo que oyó en los sermones que oía, al menos cada año cuando procuraba hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía (V 6,7). No dice nada de San José que no sepa por experiencia.

  

Estas relaciones entre Santa Teresa y San José se inician ya en su niñez. Una alusión a ella podemos ver en estas palabras de la Santa: “Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos” (V 1,1). Desde su entrada en la Encarnación, a sus veinte años, estas relaciones son patentes, vivas y fuertes; hasta se hace proselitista de su devoción. San José entró en el pequeño grupo de personas íntimamente unidas a ella. Y sabemos qué dosis de bien querer, qué poder de sincero afecto ponía la Santa en el amar: con relación a su padre; en las amistades: su gran amistad con teólogos y santos; aún en las sencillas afecciones: la lucha para liberase de ellas antes de la conversión definitiva.  


P. Román Llamas, ocd



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