Juan de Santa Eufemia, cocinero de Baeza, recuerda: "Celebraba las fiestas de nuestro Señor y del santísimo sacramento con gran devoción y con cosas santas de propósito, con que entretenía y enternecía a sus frailes, como fue que una noche del santo nacimiento , estando por Rector del colegio de esta ciudad, el dicho santo padre fray Juan hizo que dos religiosos de él, sin mudar de hábitos, representasen uno a nuestra Señora y otro al señor san José, y que anduviesen por un claustro pequeño que había en el dicho convento buscando posada; y sobre lo que le respondían y decían los dos que representaban a María y José, sacaba el dicho padre pensamientos divinos que les decía de grande consuelo a los religiosos, y de esta manera celebraba las fiestas" (BMC 14,25).
Crece su alegría y su esperanza a medida que avanza la enfermedad. Juan de la Cruz demuestra una esperanza y una alegría y una paz que admiran a todos, frailes y seglares. Hasta el Prior cambia de actitud para con él. La víspera de la Inmaculada se agravó y el médico dice que hay que advertirle que puede morir en cualquier momento. El P. Alonso de la Madre de Dios se lo notifica. ¿Qué me muero? dice, y, juntando las manos ante el pecho, exclama con rostro alegre: Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi. In domum Domini ibimus. Ese día la Virgen le revela que morirá en sábado, como sucedió. Pasado un rato, comenzamos los que estábamos allí a andar de prisa y como turbados, hojeando el breviario o manual para hacer la recomendación del ánima. Lo cual, visto por él, nos dijo con grande sosiego y paz: Déjenlo por amor de Dios y quiétense. Cuando van a rezarle la recomendación del alma, él agonizante, que espera tranquilo la muerte como una continuación de su vida de amor, pide ...
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